sábado, 14 de junio de 2008

Bruce Lee y el wu wei


“Vacía tu mente. Libérate de las formas. Como el agua. Pon agua en una botella y será la botella. Ponla en una tetera y será la tetera. El agua puede fluir… o puede golpear. Sé agua amigo”
Esto es lo que decía Bruce Lee en una vieja entrevista de televisión. “be water, my friend” se convirtió en parte del folklore popular durante un tiempo, pero luego, tras un tiempo sin emitir el anuncio de coches donde se recuperaba la entrevista, las famosas palabras de Bruce Lee se han olvidado.



La frase nos habla de filosofía taoísta, concretamente del principio del wu wei, La forma más adecuada de enfrentarse a una situación es no actuar, más bien no forzar, dejarse llevar, convertirse en agua. Es un concepto central de la actitud taoísta ante la vida y el mundo. De hecho, el taoísmo es la práctica del wu wei. En el taoísmo no es lo mismo no actuar que no hacer nada. Para entender esto nos fijamos en las plantas, que crecen por wu wei, es decir, no hacen esfuerzos para crecer, simplemente lo hacen. El wu wei sería la forma natural de hacer las cosas, sin forzarlas, sin desvirtuarlas con artificios. En el taoísmo el wu wei se asocia con el agua. Aunque el agua es blanda y aparentemente débil, tiene grandes capacidades. Puede ajustarse a cualquier forma, fluir hasta cualquier sitio, escurrirse por los más pequeños agujeros, puede ser vista en gotas o formar grandes océanos, pero puede ejercer una gran violencia y un gran poder en las condiciones adecuadas. Todo el universo funcionaría en armonía con este principio, pero cuando el ser humano se enfrenta contra el mundo, altera esa armonía. No quiere decir esto que las personas deben renunciar a hacer su voluntad, sino que deben actuar de acuerdo con los procesos naturales existentes. Digamos que el wu wei es el arte de “dejar estar”, la aceptación del mundo por medio de la aceptación de sus reglas, las cuales no deben ser cambiadas, ya que con eso conseguiríamos lo contrario a lo pretendido. John Blofeld en "taoísmo, la búsqueda de la inmortalidad" decía: "Wu wei, principio cardinal de los taoístas, significa literalmente "no acción" pero no en el sentido de quedarse sentado todo el día como un tronco muerto o un bloque de piedra; sino en el de evitar la acción que no sea espontánea, en el actuar de lleno y con destreza, pero sólo y de acuerdo con la necesidad presente, siendo vivaz cuando se requiere, pero nunca forzado y tenso, huyendo de la acción artificiosamente calculada y de toda actividad que arranque de un motivo de provecho interesado." Nosotros, occidentales de la era post-industrial, post-moderna o como se quiera, víctimas del espejismo del desarrollo y el progreso, creemos que todo objetivo, por pretencioso que fuera puede ser alcanzado. La capacidad de transformación de las condiciones naturales nos ha hecho pensar que esto era así, que el ser humano puede hacer lo que quiera. Y no es así, el sentimiento de soberbia nos hace olvidar que somos parte de una totalidad, de una creación, y por supuesto, no somos dueños de ella. Según J.C. Cooper el wu wei "se trata de la tranquila aceptación de la vida en el mundo tal como es y como viene; de aguardar el momento y la oportunidad, sin forzar nunca el resultado, sino que este se despliegue a su tiempo según su naturaleza"
El italiano Alfonso M. di Nola, uno de los más acreditados estudiosos de la historia de las religiones dice en su estudio “Religiones no cristianas”, y desde un prisma cristiano, que el wu wei es una regla de conducta en virtud de la cual la acción, que es la vida misma, tiene que llevarse a cabo como si no se actuase, tiene que desligarse de sus motivaciones pasionales y de los obstáculos del interés o del apego. Sólo en esas condiciones esa reaparición de las « espontaneidades» originales, esa liberación de la instintividad natural y de las inclinaciones falseadas y reprimidas por la vida social, provocan la adecuación de nuestra acción, es decir, de nuestro existir, al modelo del Tao y la transformación de la vida en lo transcendente. Por eso el Tao ha representado, como elemento central de una gran experiencia religiosa, una condición paradigmática, atemporal y aespacial, que la criatura tiene que alcanzar no ya a través de la percepción, sino por medio de una adecuación vivida, que es un gozoso morir y un gozoso renacer.

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